
La estrategia de pacificación en el estado ha quedado en entredicho tras las declaraciones de un representante del magisterio, quien advirtió que, sin un enfoque integral, los esfuerzos por reducir la violencia en las escuelas están condenados al fracaso. El docente, cuya identidad se reservó por seguridad, señaló que las medidas implementadas hasta ahora carecen de un plan estructurado que aborde las causas profundas del problema, más allá de acciones aisladas o reactivas.
«Hemos visto operativos, patrullajes y hasta discursos políticos, pero nada que realmente garantice la protección de los maestros y alumnos en las aulas», afirmó. Según su testimonio, la violencia en las zonas educativas no solo persiste, sino que en algunos casos se ha normalizado, obligando a los profesores a improvisar soluciones ante la falta de directrices oficiales. «Nos han dejado solos. Cada quien resuelve como puede, ya sea negociando con grupos delictivos o evitando ciertas rutas para llegar a la escuela», explicó.
El representante magisterial también denunció la ausencia de protocolos claros por parte de la Secretaría de Educación estatal. Aseguró que, pese a los múltiples incidentes reportados —desde extorsiones hasta agresiones físicas—, las autoridades no han establecido lineamientos específicos para actuar en situaciones de riesgo. «No hay un manual que indique qué hacer si un grupo armado ingresa a la escuela, cómo evacuar a los estudiantes o a quién recurrir en caso de emergencia. Es una omisión grave», subrayó.
Los datos respaldan sus palabras. Según cifras recientes, al menos el 30% de los docentes en la entidad ha sido víctima de algún tipo de violencia en los últimos dos años, ya sea por parte de la delincuencia organizada o de actores locales. En algunas regiones, los maestros han tenido que suspender clases por días o semanas ante amenazas directas, mientras que en otras, los padres de familia han optado por retirar a sus hijos de las escuelas por temor a represalias.
El problema, según el representante, trasciende lo educativo y se enmarca en un contexto más amplio de abandono institucional. «No se trata solo de seguridad, sino de dignidad. Los maestros no deberíamos tener que elegir entre arriesgar nuestra vida o dejar de enseñar», sentenció. Criticó además que, mientras las autoridades celebran avances en cobertura educativa, la realidad en las aulas es otra: escuelas sin recursos, docentes desprotegidos y comunidades enteras atrapadas en el miedo.
La situación ha generado un clima de desconfianza hacia las instituciones. Muchos profesores prefieren no denunciar los incidentes por temor a represalias o por la convicción de que las autoridades no actuarán. «¿De qué sirve reportar si nadie nos escucha? Al final, somos nosotros los que pagamos el precio», lamentó. Mientras tanto, la Secretaría de Educación no ha emitido una respuesta oficial a estas acusaciones, dejando en el aire preguntas clave: ¿qué medidas concretas se implementarán para proteger a la comunidad educativa? ¿Cómo se garantizará que las escuelas sean espacios seguros en un contexto de violencia generalizada?
Lo cierto es que, sin una estrategia clara y coordinada entre las autoridades estatales, federales y los actores locales, el derecho a la educación seguirá siendo una promesa incumplida para miles de estudiantes y docentes en la región. La pacificación, en este escenario, parece más un eslogan que una realidad tangible.


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